Friday, January 16, 2009

Conversación con Mariano Cervini (que él subió primero a su blog Mente Plus)

miércoles 14 de enero de 2009

Chat con Mariano Cervini

Emiliano dice:
cervini

mariano alejandro dice:
amigo ruiz

Emiliano dice:

deja de robar con eso de la cultura

mariano alejandro dice:
jajajajaaj

Emiliano dice:
como va

Emiliano dice:
je je

Emiliano dice:
che, yo voy

mariano alejandro dice:
ya fue la cultura es una mentira

mariano alejandro dice:
a nadie le gusta escribir asumamoslo

mariano alejandro dice:
joya acabo de ver tu mail

mariano alejandro dice:
el tema es q aun no me confirmaron un par

Emiliano dice:
bueno

mariano alejandro dice:
diego antico, vale, eleonora, no han contestado

Emiliano dice:
pero hagamos con los que sean

Emiliano dice:
yo tengo ganas de salir a tomar algo

mariano alejandro dice:
dale hagamos igual

Emiliano dice:
o de juntarnos

Emiliano dice:
yo acabo ded llegar de vacaciones

mariano alejandro dice:
a lau genta avisale

mariano alejandro dice:
de dnd venis?

Emiliano dice:
de uruguay

Emiliano dice:
el pais de francescoli, onetti y laport

mariano alejandro dice:
y de china

mariano alejandro dice:
q bueno

mariano alejandro dice:
de berugo y tantos otros

Emiliano dice:
peña

mariano alejandro dice:
claro genial

Emiliano dice:
oreiro

mariano alejandro dice:
bueno q vengas es muy bueno

Emiliano dice:
los vi a todos

Emiliano dice:
estaban todos en la playa

mariano alejandro dice:
jaja me imagino

Emiliano dice:
fumando paco

mariano alejandro dice:
onetti tambien

Emiliano dice:
si

mariano alejandro dice:

con una remera de corintians

Emiliano dice:
un poco duro lo vi

Emiliano dice:
si

Emiliano dice:
con una remera de corinthians y una boa gigante que le rodeaba el cuello

Emiliano dice:
parecia medio drogado

mariano alejandro dice:
tambien con la droga q hay en estos dias

mariano alejandro dice:
es un flagelo

Emiliano dice:
si

mariano alejandro dice:
terminas como mike amigorena despues

Emiliano dice:
lamentable lo de onetti

Emiliano dice:
mike amigorena es un tipo raro

Emiliano dice:
pero no es uruguayo no?

mariano alejandro dice:
mike amigorena es un PETE

Emiliano dice:
y vi su pene

Emiliano dice:
creo que con vos

Emiliano dice:
justamente

mariano alejandro dice:
no lo banco mas aparece en todos lados

mariano alejandro dice:
es como el mingitorio de duchamp

mariano alejandro dice:
un objeto mas del mercado

mariano alejandro dice:
q se cree artista

Emiliano dice:
jua jua

Emiliano dice:
aparecio de golpe mike

Emiliano dice:
yo no lo fichaba hasta lo del niño argentino

mariano alejandro dice:
te acordas cuando lo vimos en el niño arg?

mariano alejandro dice:
muy bueno e

mariano alejandro dice:
muy bueno

Emiliano dice:
maso

Emiliano dice:
a mi no me gusto mucho la obra

mariano alejandro dice:
su actuacion fenomenal e

Emiliano dice:
no me acuerdo

Emiliano dice:
en serio lo decis?

mariano alejandro dice:
claro

mariano alejandro dice:
ya era martin pells ahi

mariano alejandro dice:
che se murio sokol q bajon viste

Emiliano dice:
si

Emiliano dice:
pense en vos

mariano alejandro dice:
encima muy extraño

mariano alejandro dice:
yo habia publicado un coso en el blog de sumo

Emiliano dice:
y en la gente que flashea con sumo y su derivados

mariano alejandro dice:
hacia dos dias antes aprox

mariano alejandro dice:
la verdad fue extrañisimo

Emiliano dice:
si

Emiliano dice:
yo lo lei ayer creo

Emiliano dice:
que le paso

Emiliano dice:
un infarto

mariano alejandro dice:
escribi una mierda de sumo y aparecio el tipo muerto a los dos dias

mariano alejandro dice:
fantastico

mariano alejandro dice:
tendria q escribir algo sobre tinelli no?

Emiliano dice:
ja ja ja

Emiliano dice:
si

Emiliano dice:
lei lo de sumo

Emiliano dice:
te iba a decir

mariano alejandro dice:
igual malisimo

mariano alejandro dice:
vengo llenando pags a morir sin sentido

mariano alejandro dice:
me cansa el blog ese de mierda no se porque no lo borro

Emiliano dice:
no lo borres

Emiliano dice:
me gustan los blogs

Emiliano dice:
pasa que uno esta muy atento a los comments y todo eso

Emiliano dice:
yo ya lo abandone

mariano alejandro dice:
na los comments me chupan un huevo

Emiliano dice:
pero porque no escribo mas

Emiliano dice:
solo panfletos politicos

mariano alejandro dice:
cuando tenia comments no era mas feliz q ahora q no lo tengo

Emiliano dice:
bueno

Emiliano dice:
entonces dale para adelante

mariano alejandro dice:
pero me resulta todo una gran masa de mingitorios

mariano alejandro dice:
y uno debe firmar debajo

mariano alejandro dice:
"surr" ponele

mariano alejandro dice:
y "surr" resulta q es un fenomeno porque escribe blablabla

mariano alejandro dice:
y habla de kafka

mariano alejandro dice:
PETES

Emiliano dice:
ja ja ja

Emiliano dice:
que te pasa cevini

Emiliano dice:
antes odiabas a los criticos

Emiliano dice:
y ahora tambien a los escritores

mariano alejandro dice:
soy un viejo rencoroso de 80 años

mariano alejandro dice:
no aguanto nada ni el ameno diario clarin ya soporto

Emiliano dice:
ja ja ja

mariano alejandro dice:
vos sabes la alegria q era para mi levantarme y sentir sus hojas tibias descansando debajo de la puerta de mi domingo?

Emiliano dice:
deja la literatura unos meses

Emiliano dice:
ah el clarin

Emiliano dice:
es insoportable

mariano alejandro dice:
y leer el semaforo a ver a quien le pusieron verde, a quien rojo

Emiliano dice:
es detestable

Emiliano dice:
ja ja ja

Emiliano dice:
y yo lo queria

mariano alejandro dice:
una gran alegria era para mi eso

Emiliano dice:
pero clarin es como la navidad

Emiliano dice:
algo que a uno antes le gustaba

Emiliano dice:
como cqc o cosas asi

mariano alejandro dice:
jaja creo q es la mejor definicion del diario clarin q escuche en mi vida

mariano alejandro dice:
y tambien de cqc

mariano alejandro dice:
bueno nos vemos el sabado entonces?

Emiliano dice:
dale

mariano alejandro dice:
listo me voy a escribir

Emiliano dice:
dale

Emiliano dice:
ja ja ja

mariano alejandro dice:
a ver si salgo de estos fantasmas q me acosan

Emiliano dice:
bueno

Emiliano dice:
pero crudo escribi

mariano alejandro dice:
como el buen sabato

Emiliano dice:
sin caer en la preciosidad

Emiliano dice:
pero tampooc en lo sordido

mariano alejandro dice:
tal cual basta de ribetes dorados

Emiliano dice:
y menos en lo chavacano

Emiliano dice:
un equilibrio

Emiliano dice:
algo llamativo

Emiliano dice:
poetico por lo crudo

Emiliano dice:
un abrazo!!!

mariano alejandro dice:
exacto si logras eso sos gardel y luego hacer un best seller tipo "la caca mas grande del mundo esta en ti" y listo

mariano alejandro dice:
adios!

Emiliano dice:
chau

Saturday, November 17, 2007

El beso

"Déjenme decirles, a riesgo de parecer ridículo, que el revolucionario verdadero está guiado por grandes sentimientos de amor".
Ernesto Che Guevara
El beso es la manifestación física de la simbiosis sustancial del ser humano con la existencia. El beso es, no obstante, la más hermosa e irresponsablemente tentadora de las formas de fundirse con la realidad. El concepto de beso que resulta necesario deconstruir, urge ser desmantelado precisamente por su carácter burgués: es una forma privada (un privatismo de a dos), una sociedad con determinados fines inmediatos si se quiere, que resalta la bella felicidad de acceder a una demarcación yoística en una síntesis con un otro. ¿Por qué, de donde proviene, cómo se justifica esto de lo individual, de lo “burgués”? Es el resultado de un proceso que sólo transitoriamente excede al egotismo. Dos seres que se besan, es verdad, superan, trascienden el individualismo, pero ¿Por cuánto tiempo? La burguesía supo en 1789 terminar con los privilegios monárquicos en nombre de la libertad y la igualdad. Hoy es la clase hegemónica, es la que somete. Esta idea de lo individual, es histórica sin dudas, pero con nefastas particularidades que la configuran de un modo extremo en el capitalismo dominante del siglo XXI. El capitalismo en su fase superior imperialista, desde el momento en que acumula el poder bélico-económico que le permite avanzar sobre los pueblos del mundo, no constituye una subjetividad: la realidad de Irak o Cuba no es en este sentido materia opinable. La gravitación del beso, momento germinal de “lo colectivo”, el par como instancia fundante de lo social, consiste en la posibilidad sensible-material de experimentar el amor (una certeza del orden psíquico-emocional) y es justamente, aunque suene contradictorio, el tiempo en que esos dos sujetos se niegan como dupla para volver a fundirse en uno solo. Esta concepción clausura toda posibilidad de una revolución socialista. El beso burgués hace de la felicidad un fin en sí mismo, le deniega metodicidad, y obtura el amor por la transformación social. La circulación histórica de la idea del amor por una mujer o por un hombre como el objetivo de la vida, genera, intencionalmente o no, la imposibilidad de entender cabalmente el carácter disruptivo del sentimiento del amor. El amor debe ser vivenciado y pensado como la herramienta superadora para conseguir consustanciarnos con la existencia; esa simbiosis de la que hablaba en la primera oración. Esto no significa limitar a un campo unilateral, únicamente político, al concepto de existencia, se trata de entender por existencia, sí, el sexo, sí, el abrazo, sí, el poema, sí, la lagrima, sí, el beso, pero como prácticas profundas inescindibles de la apuesta por el cambio social, es decir, la revolución socialista y la destrucción definitiva del imperialismo. El beso pequebú es una falsa revolución, o mejor dicho, una auténtica revolución burguesa al infinito, estática en su especificidad clasista. Así entendido, en su concepción burgo-romántica, el beso se consolida como un serio peligro, como un rentado propagandista de la reclusión claustrofóbica. El beso emancipador, práctica magnífica, poner en flujo y movimiento al amor, aparece en las claves del egoísmo como el dibujo de un corazón reaccionario. El amor por el otro debe ser la confirmación, casi ejemplar, de que podemos escapar al pesimismo y encontrar el sentido de nuestro tránsito por la vida en el compromiso. El ser humano se compromete por aquello que ama cuando ama verdaderamente. Constantemente, incluso ahora, corremos el riesgo de embarcarnos en un soliloquio mezquino, venimos arrojados a un mundo que nos reclama como sujetos únicos, reducidos a la supuesta importancia de nuestras biografías: no permitamos la privatización del beso.
En El beso de Munch se hace visible este proceso. Un hombre y una mujer esquivan el yo y se juntan en la temperatura del beso y el abrazo. Probablemente, en la cristalización de ese acto, sean muy felices, yo creo que sí. En determinado momento, dejan de ser dos para transformarse en uno. Las líneas delimitadoras del dibujo se borran, se confunden. En ese instante fabuloso se juega el resultado del partido: o se ligan entre ellos, reafirmando la noción individualista del neo-liberalismo o se ligan entre ellos en un beso que haga las veces de sinécdoque del amor por el otro, por la revolución social.
Imagino una versión de El beso en la que los amantes se vean inmersos en una masiva y revoltosa huelga general que los envuelva como un torbellino rabioso, pasional. En el lugar de esos rostros pálidos e invisibles dibujaría un beso entre El Che y la Evita Montonera.
Pero no, mejor no, esa sería una versión apenas un poco más a la izquierda respecto de la oficial historiografía protagonizada por los héroes intocables ¿Y si fuera nuestra la huelga? ¿Y si fueran los nuestros los labios?

Monday, November 12, 2007

Mujer vampiro

No es la primera vez que pasa. Los hechos acontecen, se repiten.
La mujer accede: deja que el hombre se abrace a su cintura y se acurruque en su pecho. La mujer lo rodea con sus brazos y lo trae para sí. La mujer escucha: ahí dentro el hombre confiesa en voz baja algo triste, algo ya dicho. La mujer apenas murmura, no tiene las palabras que el hombre espera. El hombre se hunde más. Hace silencio. La mujer inclina el rostro y respira muy lento, cerca de la nuca del hombre. Prepara el terreno. La cabellera de la mujer, roja como el fuego, se esparce sobre la cabeza y la espalda del hombre. Lo va cubriendo. Lo va incendiando. El hombre, doblegado, dice a la mujer que es la última vez. La mujer dice que no importa. El hombre llora. La mujer se sonríe. El hombre sufre. La mujer disfruta. El hombre se rinde. La mujer triunfa. El hombre pide disculpas. La mujer concede. El hombre cierra los ojos y se esconde. La mujer lo aloja y se dispone.
El hombre no quiere ver a la mujer que afila sus dientes para robarle la sangre y perpetuar el embrujo. La noche envuelve a la mujer vampiro y al hombre vampirizado.
No es la primera vez que sucede.
Tampoco la última.

Thursday, October 04, 2007

Matías Alé

La inglesita de ojos celestes y espeso cabello enrulado castaño ya no era una mujer: la tenía entre mis manos adoptando ante mis ojos la forma de una menuda rata sin piel, con la carne rosada y aceitosa, tristemente demoníaca. Asustado la arrojé contra una de las paredes de la habitación y le dije: “voy a tener que encerrarte en está bolsa de Coto”. La ex – inglesita se retorcía epiléptica, esparciendo verduzcas y fétidas secreciones corporales sobre el piso de madera sucia. El piso las absorbía.
Le iba creciendo una larga cola, también frenética, con la cual intentaba desplazarse inútilmente hacia un rincón. Parecía no importarle mi advertencia, en realidad no me escuchaba, seguro que no podía ya. La inglesita adorable, como salida de un cuento de refinado estilo burgués, se había transformado en una bestia que se revolcaba estúpida a unos metros de mi cuerpo desnudo. Me acerqué a esa cosa que hasta hace un rato me estaba llenando de los más tiernos besos y tomándola de la cola la introduje en la bolsa de Coto que anudé rápido; la imagen y el olor no se toleraban. Até la bolsa al picaporte de la puerta y me recosté en la cama para llorar despacio, silencioso. Con la vista enturbiada por las lágrimas y la cabeza apoyada en la almohada miré como la bolsa se sacudía de a ratos, provocando ese puto ruido que hace el nylon cuando es frotado. Pensé que si seguía insistiendo iba a lograr romperla con facilidad pero al poco tiempo desistió y al intuirla muerta, quizás asfixiada, tuve mi momento para contemplar detenidamente las cosas que me rodeaban, para observar todo aquello que era para mí, en ese instante, el mundo, el continente, el país, un albergue transitorio en Constitución.
En la pileta del baño, en el suelo, en la mesa de luz y en la cama, por todas partes, estaban nuestras ropas abolladas como las irrefutables pruebas de que dos seres humanos se habían desvestido para tener mucho sexo. Y de hecho habíamos comenzado, ella, hermosa, con tetas grandes, redondas y un pubis de esos que me gustan, me había besado, me había dicho cosas lindas en su idioma y yo también le había dado muchos besos, pero antes de decirle algo (Había pensado en “me siento muy feliz” o algo similar) se había transformado en una cosa horrible, en un feto de marsupial, en una rata deforme, no sé. Se había convertido en una puta mierda imposible de coger y yo a la inglesita me la había querido coger porque me gustaba mucho, porque me parecía una mujer preciosa, no de puro caliente. Había si se quiere, un principio de amor.
Volví a vestirme, agarré la ropa de lo que fue la inglesita, la metí en mi bolso y cerré la puerta sin mirar siquiera. Adentro había quedado esa cosa. Después me acerqué al tipo que atendía el mostrador y le dije: “La mina que estaba conmigo se fue, se transformó en una rata putrefacta. Se la deje en una bolsita en la habitación”. El tipo me miró y no dijo nada. Le pagué y me fui de ese telo barato. Eran como las cinco de la mañana y todavía era de noche, estaba lloviendo bastante fuerte. Fui caminando por debajo de los techitos y los balcones pero cuando llegué a la plaza, en la parada del cincuenta y tres me mojé entero. El colectivo no llegaba nunca y me dediqué a mirar las lombrices que salían a morir ahogadas a la superficie de la tierra, en uno de esos cuadrados delimitados por cemento donde crecen los arboles de la ciudad. Algunas se retorcían sobre sí mismas hasta fallecer y volví a recordar a la cosa esa en su espectáculo lamentable. Sentí nauseas y empecé a temblar del frío. Sentí que el mundo era una mierda. Justo llegó el cincuenta y tres y me arrepentí: cuando un colectivo aparece en determinadas situaciones puede resultar motivo de una efímera felicidad, absurda por supuesto.
Me senté del lado izquierdo, junto a la ventanilla de la última fila. Empapado, con frío y sueño, apoyé la cabeza contra el vidrio y pensé en todo lo que había sucedido esa noche. La cabeza me vibraba y a veces me golpeaba considerablemente, sobre todo cuando el colectivo se comía algún bache.
Uno de los cabezazos fue tan sonoro que la persona que estaba adelante mío se dio vuelta para preguntarme si me encontraba bien. Era Matias Alé, completamente drogado. Tenía restos blancos de una línea en la nariz y los ojos como dos bombas a punto de estallar. Empecé a cagarme de risa, a los gritos, no podía parar. Matias Alé, completamente drogado, me miraba sorprendido. Empecé a putear y a golpear todo, abrí el bolso y arrojé con furia la ropa interior de la inglesita. Vociferé algo así como: “¡este mundo no nos consulta nada, es una mierda! ¡Pero qué mundo puto!”. Matías Alé lloraba, no entendía nada el tipo, estaba muy drogado. El chófer paró el colectivo, me agarró de un brazo y con una patada en el culo me dejó en la vereda. Agarré una piedra, tomé carrera y se la lancé pero apenas si levanto vuelo.
Me senté en un umbral, ya no llovía. Estaba a mitad de cuadra, en la zona de Boedo, no muy lejos de mi casa. Empezaba a salir el sol y cantaba uno que otro pájaro. Los porteros, madrugadores, salían a manguerear las veredas, gastando agua sin sentido. Uno que otro pibe volvía borracho a su casa. Buenos Aires. Me fui caminando hasta mi departamento, unas treinta cuadras. Cuando llegué, así, mojado, con la ropa bien pegada al cuerpo, encendí la computadora y me puse a escribir todo esto y me dije a mi mismo: “A ver quien tiene las pelotas intelectuales para entender la metáfora de Matías Alé”.
De ese críptico pensamiento viene el título.

Wednesday, September 19, 2007

Y faltaba cada vez menos [un relato sobre el peronismo]


El viejo había dado la orden la noche anterior pero ahora estaba ahí afuera, entre meditabundo y desentendido, no muy lejos de la casa, sentado en su reposera preferida a la sombra de un árbol. Esa mañana se había despertado de un humor levemente extraño, parecía pasar por un estado de cierta nostalgia, algo que se podía notar en sus ojos negros, siempre tan escrutadores y cómplices al mismo tiempo; y que esa mañana parecían escurridizos, como negando una tristeza inocultable.
Desde que la confirmación llegó, se había instalado un clima enrarecido en la quinta. Repentinamente, el lugar había pasado de ser un hervidero de discusiones decisivas para el futuro a transformarse en una zona recargada de un silencio específico, evocadora de un pasado mítico. Con la efectiva llegada del cajón a eso de las nueve de la noche del viernes la espera de quince años había concluido, sin embargo, la rara sensación no sólo no había cesado sino que además se profundizaba. Apenas las formalidades y una que otra insinuación entre el viejo y los funcionarios de la dictadura hicieron las veces de paréntesis discursivo, eran las vicisitudes del presente que se colaba. Después fueron los esfuerzos por abrir el cajón, reconocer el cuerpo, las pericias a cargo del doctor, el silencio, los saludos y por supuesto, con el pasar de algunos días, la orden del viejo a la mujer, su nueva compañera.
Ese día, a las ocho de la mañana, la mujer se despertó y antes de ir a bañarse fue a saludarlo al viejo que, sentado en un sillón de la sala de visitas, leía un periódico español. Casi que ni hablaron, no hacía falta, el viejo sabía decir hasta con la mirada, ella, interpretarlo. Luego se introdujo en la bañadera y al salir, antes de comenzar con su misión, se acercó al ventanal, corrió las cortinas y pudo contemplarlo ahí, en el jardín, vistiendo una camisa blanca, siempre sentado, mirando en dirección al cielo. Unos metros más hacia el fondo, con ambas manos en la espalda, cabizbajo, como mirando la tierra, caminaba Lopecito, el asistente del viejo. Ella dejó las cortinas abiertas y el viejo no la vio encaminarse rumbo a la habitación del cuerpo, Lopecito sí.
Al entrar, ella se paró frente al cajón, descorrió la tapa que el viernes había costado tanto y se topó con la tiesa figura de esa mujer. Esa mujer que había hablado para las masas, la que se había entregado a la causa social, la que dignificaba, esa mujer que ahora estaba frente a ella, sin vida, con la nariz deformada y una mortaja sucia, deshilachada. Entonces sintió miedo, no tanto de la visión que el cuerpo ofrecía, sino de algo que ya venía experimentando, miedo de tener que reemplazarla, de tener que hacerse semejante lugar en la historia, a la sombra de ese cuerpo que, aún muerto, continuaba vivo en la memoria de todo un pueblo. Ella pensó que jamás podría hacerlo, pero que cuando volvieran, con la ayuda del viejo, imprimiría su propia marca en el país, que las generaciones futuras la recordarían por su desempeño, un estilo continuador, sí, inspirado en, sí, pero personal también, sí.
A la derecha del féretro, sobre una mesa de madera pesada, estaban el peine, los trapos, el plumero, otros elementos de aseo y una mortaja a estrenar que habían cosido las hermanas de la mujer difunta. Estaba todo listo para comenzar, ella misma había dispuesto de esa manera cada uno de los objetos necesarios para dejar impecable a esa mujer, tal cual se lo había pedido el viejo antes de irse a dormir el lunes por la noche. Ahora, martes por la mañana, ella se encontraba allí, tratando de cortar con una tijera la tela mugrienta que recubría el cuerpo, extremando los límites de la lealtad, demostrando su infinitud. Por el viejo, la vida.
Pero algo la detuvo, tocaban la puerta de la habitación. Ella preguntó, alguien contestó. No sin antes cerrar cuidadosamente la puerta, Lopecito se abrió paso. Observó el cuerpo semi desnudo, se acercó a la mujer expectante que se hallaba parada al lado del féretro y le dijo algo en voz baja. Ella preguntó y Lopecito repitió, esta vez con mayor énfasis. Lopecito la tomó de la mano y la acompañó hasta la puerta. Ella salió un tanto desconcertada y sintió impotencia, ganas de llorar. No lo hizo.
Se acercó al ventanal y vio que el viejo ya no estaba solo, conversaba animadamente con un metalúrgico, un muchacho de confianza al que ella conocía por fotografías.
Entonces el viejo miró hacia la casa y al verla ahí, observando a través del vidrio, la invitó con un gesto de manos para que se acercara como para sumarse a la charla. Ella fue despacio y mientras se acercaba fue recuperando la alegría, volvía a sentirse parte del engranaje, parte fundamental del movimiento, después de todo, Lopecito le había ahorrado un trabajo espectacular, histórico, pero difícil, quizás morboso, él le dijo que se lo dejara bajo su responsabilidad, que él no pensaba vanagloriarse y que si alguien le preguntaba, incluso si fuera el viejo, él, Lopecito, diría su nombre, el de ella.
Isabelita saludó con un apretón de manos al compañero metalúrgico, besó en la mejilla a Perón y se sentó a su lado. Antes de captar el hilo de la conversación se le ocurrió pensar que López Rega sabía manejarse con la muerte, ahí andaría con el cuerpo.
Era un siete de septiembre de 1971 y faltaba cada vez menos para la vuelta del General.

Friday, September 07, 2007

El sueño del pantano y los caballos

Como en una de esas escenas brutalmente románticas de las películas de Leonardo Favio, he soñado con caballos muertos, con caballos muertos de color marrón, con hermosos caballos marrones muertos flotando en la superficie de un pantano leve, un pantano aguachento, con nenúfares de color verde musgo y camalotes también del mismo color, así, bien fuertes, colores rústicos, salvajemente marrones como los animales aún no putrefactos floreciendo su muerte suspendidos en el agua densa, semi pantanosa.
Colores selváticamente verdes, de suciedad naturaleza, todo verde y marrón y los caballos flotando en el agua y yo, ahí, agarrado de un árbol también marrón y verde, marrón en su tronco y verde en su copa, tronco vital, de verde que se respira, cómo si con un mortero se machacase pasto y después se colocase la nariz en ese cuenco de pasto triturado y se sintiese el perfume tosco de la sangre verde ocuparnos el cuerpo en ese respirar arrebatado, llamándonos a la acción.
Mi cuerpo entonces abrazado a un baobab como el del principito, ocultas sus raíces en la tierra debajo del agua primero, y después, inundada, mojada e invisible su base y el principio de su tronco a causa de este pantano que digo he soñado con los caballos en la muerte y todo ese espectáculo de nenúfares, juncos y camalotes.
Soy yo el que ha soñado con un abrazo pasional, revolucionario, a un baobab emergente, soy yo el que se ha visto a sí mismo en un sueño en el que una moderada corriente de viento agitaba un pantano y hacía a los caballos trasladarse de un lado a otro, de un lado a otro, sí, otra vez, de un lado a otro, como autitos chocadores a una velocidad mínima y por ahí alguno me pasaba cerca o me rozaba y yo, sin soltarme nunca del baobab, le acariciaba un poco las crines con la mano y después lo veía como se iba solito y muerto hasta chocarse con otro muerto visible ante mis ojos y mi conciencia.
Fui trepando los metros del árbol y trepando y trepando, raspándome los brazos y la piel de la cara, seguí camino a través de una de las gruesas ramas y llegué bastante alto, algo así como los nueve metros promedio de un baobab, algo así de arriba estuve, y en ese sueño, y en esa cima verde pude ver mejor y pude ver que los caballos eran miles y que cada uno de ellos tenía marcas hondas en el cuerpo, muchas, pero también la yerra de la lucha en los genitales, en esas pijas, pelotas y vaginas flotantes, apenas sumergidas en un semi pantano de sueño, de pesadilla.
Arranqué un fruto de la rama del baobab y me lo até al cuello, con ese pan de mono en el cuerpo pegué un salto y me hundí a toda velocidad en el agua hasta tocar el fondo.
Y he soñado con mi cuerpo ahí abajo, ahogándose, con el peso del fruto henchido por el agua, colgándome del cuello, en un semi pantano de historias de muerte, mi propia historia que es la nuestra, infranqueable.
He soñado, mi mente ha trabajado en esto.
Yo siento la obligación, yo quiero volver a ese pantano hijo de puta y trotarlo.
Trotarlo, galoparlo, revolucionarlo.
Con esto he soñado y ya no puedo, ya no quiero olvidarlo.

Wednesday, September 05, 2007

1978

"Y lo repito una vez más: he vivido por la alegría. Por la alegría he ido al combate y por la alegría muero. Que la tristeza no sea unida nunca a mi nombre”
JULIUS FUCIK
Reportaje al pie del patíbulo

Una casa pequeña en un campo con muchos árboles. Nosotros nos guardamos ahí.
Se pasa la mañana y entonces yo despierto. Vos tenes los ojos cerrados. Me dirijo hacia las ventanas de madera y las despliego de par en par. Entran el sol y los ruidos de los bichos que le cambian el silencio a la casa. Invade también el pasto mojado, se respira. Abrís tus ojos y perezosa, miras un instante hacia acá y volves a cerrarlos. Las sábanas no te cubren toda, el sol tampoco, pero no le falta tanto. Me pongo un pantalón corto y voy a la cocina. En el pasillo hay una pintura tuya: una ciudad neblinosa y una fogata en la calle sin fogoneros, no hay nadie. Sigo. Abro la heladera y saco una botella de cerveza bien fría. Vuelvo al dormitorio. Esta vez no miro a Buenos Aires en el cuadro. Me siento al borde de la cama, cerca de tus pies. Destapo, hay un ruido seco. Abrís tus ojos otra vez. Nos miramos, sonreímos.
Y es que tenemos los libros para revolucionarnos y tenemos mucha cerveza para emborracharnos y tenemos mucha marihuana para drogarnos. Todo eso tenemos.
Y todavía nos queda el disco de Serú Girán para ser felices.
Y nuestros cuerpos para el amor y los fusiles para la resistencia.